Hacía tiempo que habían coincidido sus miradas, casualmente, reconociendo el terreno, registrando movimientos. No lograban recordar exactamente, ni donde, ni cuando fue, pero lo tenían grabado a fuego, en algún lugar de sus mentes. Fue ella, la que decidió dar el primer paso, acortar distancias, tomarse las medidas. Y comprobó, que ajustaban perfectamente. Pasó por su lado, pisando firme, para que el ruido sordo de los tacones, entremezclado con la música que estaba sonando, marcara el paso que él debía de seguir. Su hombro rozó la espalda del objetivo, para darle la orden de arrancar, siguiendo el sinuoso movimiento de sus caderas. Como si de un robot, minuciosamente programado se tratase, la orden fue acatada, sin preguntas, sin esperas. Antes de salir del local, los dos dejaron sobre una mesa, las copas que acababan de pedir. Caminaron al mismo paso, apresurándose, dejando atrás, todo y a todos. Pasando entre los coches aparcados, como si tuviesen marcado el recorrido, como si ya hubieran hecho ese camino antes. Cruzaron la carretera, bajo la cómplice luz de la luna, en dirección a la playa, El Saler, a esas horas estaba desierto... Según pisaron la arena, se miraron a la vez, con la respiración entrecortada fueron acercando sus bocas, entrelazando sus manos, tomándose la temperatura. Después dirigieron sus pasos hacia la orilla. Buscando la soledad compartida, encontraron una barca, que estaba en la orilla, él la miró indicándole que subiera y de un salto se colocó a su lado. Se miraron de nuevo, como la primera vez, con ese brillo en los ojos, codiciándose, el extendió sus brazos y ella sin dudarlo se encerró en ellos. Les entro el ansia, el hambre, las ganas y entre besos y miradas se fueron desnudando el uno al otro, hábilmente, cayendo poco a poco a sus pies, todo lo que les separaba, todo lo que les cubría la piel. Se fundieron en uno, devorándose, mordisqueándose los labios, el cuello, hasta que el la hizo ceder y fueron a parar encima de las redes que cubrían el suelo. Ella tenía su cabeza cogida entre las manos, mientras lo besaba, enredando los dedos en los rizos de él, jugueteando con ellos. Igual que sus lenguas estaban enredadas y sus piernas y ellos mismos. Las manos de él, iban recorriendo los centímetros de piel de sus pechos, haciendo círculos alrededor de sus pezones, endureciéndolos, erizándolos. Abandonó su boca, para cogerlos con sus labios, el bocado se le antojaba irresistible y en el momento, que ella sintió la humedad de su lengua sobre ellos, lanzo un gemido, que a él le hizo levantar la mirada. Movió la mano que tenía acariciando su cadera y busco el centro de su cuerpo, bajando suavemente. Ella contuvo la respiración, él le llevo su mano a la boca y ella acariciando dos de sus dedos con la lengua, los humedeció, dándole la llave para abrir el camino a sus entrañas. La volvió a acariciar, busco entre sus muslos, la fuente de su calor, separo suavemente sus piernas, con una suya y mientras le devoraba la boca, empezó un ritual, para llevarla al éxtasis. Hundió los dedos mojados, en su sexo, recorriendo la entrada, preparándola, notando su humedad, sus ganas de él, entrando y saliendo de ella. Jugueteando con su clítoris, acariciándolo hasta que tensa como una cuerda de guitarra, dejaba salir gemidos de placer. Ella, enredo sus manos en las redes y estaba abierta para él, completa, movía sus caderas acompasadas, arqueaba su espalda, jadeaba, se agitaba en ese baile íntimo. La luna, se reflejaba en las gotas de sudor, que recorrían su piel, la hacía brillar, y él quería que fuese suya, la deseaba. Teniéndola así, retiro su mano y se subió encima, sujeto sus manos con las suyas, se colocó entre sus piernas, enorme, poderoso, duro y no pudiendo aguantar más, se metió en ella. La entrada suave, mojada, caliente, invitaba a poseerla, a cabalgarla. Ella enredo sus piernas con las suyas, lo miró fijamente a los ojos y mientras su pecho subía y bajaba acelerado, le pidió más, le pidió todo, era suyo, le pertenecía. No se hizo de rogar, empezó a penetrarla cada vez más rápido, un poco más profundo, sin perder de vista su mirada, su cara. Acompasados en ese frenesí, imparables, poco a poco, iban cediendo a lo inevitable, se dejaban llevar, rugía él, rugía ella, dos bestias en una lucha por igual. Hasta que al final, los dos juntos se deshicieron, se rompieron en mil pedazos. Desbordándose en una furia imparable, en un mar de gozo infinito. Él sobre ella, ella envolviéndole a él...Cuando recuperaron el aliento, seguían meciéndose el uno en los brazos del otro y a la vez, en la barca, que con los embistes de la pasión, se había adentrado en el agua para acompañarlos...
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