Deseos de tenerte dentro

Aquél verano del 78, hacía tanto calor que la gente paseaba casi desnuda por las calles de Bilbao, está era la liberación que habían traído las series S. tantos cuerpos desnudos, tantas porciones de carne al aire, contoneándose, atrayendo al sexo, era de esperar que yo también sucumbiría a lo que naturalmente necesitaba. A comerte, sentirte y lamerte entero.Esa tarde, decidí que era el momento para entregarme a la lujuria contigo, así que  sin pensarlo dos veces, marqué tu número y al sentir tu susurrante voz al otro lado de la línea, mis pezones se endurecieron a través de mi bata negra de raso y me humedecí entera al imaginarme tus labios recorriendo mi cuello.
Después dejé la llave puesta por fuera, esperando que no tardarás en llegar.
Ni 5 minutos después oí llegar el taxi. Oí tus pasos acercarse al portalón y el tintinear de las llaves. La puerta se abrió dejando paso a una luz tenue que proyectaba tu silueta en el suelo de mi entrada. Y allí estaba yo. Solté  con suavidad el lazo que sujetaba mi bata y dejé todo mi ser al descubierto y ante tus ojos. La botella de vino que llevabas en la mano cayó al suelo y cerraste la puerta con un pie, sin dejar de recorrerme con la mirada, como intentando hacer un grabado mental de mí, casi desnuda y entregándome a ti.
Te acercaste, rodeaste con tus brazos mi cintura y  te arrodillaste, para  besar mi ombligo y lamer mis senos endurecidos por la excitación.  Tus manos recorrían ansiosas mis nalgas, para abrirlas y acariciar mi entrepierna húmeda.  Abrí las piernas. Sin más preámbulos, tu lengua bajo sinuosa hasta mi clítoris, para lamerlo y sorberlo mientras tus dedos jugueteaban a meterse en mí. Tu lengua penetro en mi vagina y me chupaste de una manera tan increíble que el orgasmo al que me precipitaba fue tan intenso y fuerte que tuve que gritar. Todos mis jugos fueron a parar a tu boca.
Hacía tanto tiempo que deseaba tenerte dentro, que me giré y apoyé las manos en la pared y con respiración entrecortada dije. -Métemela ya. - Te incorporaste, soltaste el botón de tu pantalón negro, y sacaste tu verga dura y caliente para introducirla en mi vagina, diciendo “es toda tuya”.. Estaba tan excitada que después de unas duras metidas mientras agarrabas mí pelo, me volví hacía ti, me agaché y metí en mi boca tu miembro. Estaba dura y se me hacía la boca agua. Pasé mi lengua, la mojé con mi saliva y te hice una larga mamada acorde con la calentura que tenía.
La chupaba y te miraba a la cara, viendo unos ojos entrecerrados de placer, y la notaba más dura a cada lamida en mi boca. La estaba saboreando como si hubiera pasado toda la semana sedienta de ella, pero no conseguía saciarme. Era una situación extraña; por un lado, tenía lo que deseaba con tanta ansia, pero por otro quería más. Algo diferente.
Hay ocasiones en las que parece que me lees la mente, y aquella fue una de ellas. Cuando estaba tragándomela con ahínco, y estabas a punto de estallar, la sacaste y me llevaste a la cocina. La cortina de la ventana estaba abierta y los vecinos nos podían ver, pero no importaba: habíamos encontrado la tecla y no íbamos a parar hasta terminar. Me llevaste a la encimera, y mientras te arrodillabas para lamerme, me susurraste al oído: “pon el extractor en marcha, vamos a echar humo”
De rodillas frente a la encimera, parecías otro: nunca antes me habías lamido así. Mi clítoris estaba tan lubricado que me mojaba todo el perineo y el ano, donde también llegaba a veces tu lengua, como preguntando si también me gustaba que me lamieras ahí. Yo no tenía palabras para contestarte, sólo sonidos que te indicaban que tenías permiso para entrar donde quisieras...
Para cuando quise darme cuenta, me tumbaste en la encimera. Nunca pensé que me iba a tumbar en una encimera, pero no me importó lo más mínimo al ver que tu cabeza seguía entre mis piernas, y tus manos, separándolas para que tu lengua jugueteara de lo lindo. Cerraba los ojos al igual que los cierro ahora, al recordarlo y me vuelvo a mojar. Estaba tan caliente que resoplaba en voz alta, exhalando aire caliente, y mi tensión sanguínea estaba por los cielos. Nunca antes me había corrido en tu boca, y quería que me penetraras de nuevo, más duramente aún, pero cuando te lo iba a pedir, unos temblores de placer invadieron mi cuerpo: estaba contorneándome por espasmos y gritando, despojada de todas las ataduras. Y tú no tenías intención de dejar escapar la ocasión. Al verme con los ojos desorbitados, me incorporaste sobre la encimera, y me la metiste allí mismo: primero agarrándome de las piernas, y después, empujándome muy fuerte mientras me abrazabas y me besabas muy húmedamente. Ya éramos dos los que gritábamos.
Éramos dos volcanes unidos en erupción, un fuego que quemaba todo lo que pillaba a su paso. Y en mitad de las fuertes embestidas y gritos, oí sonar el timbre de la puerta. Tú no parabas, es más, te ponía caliente el sonido del timbre, que no paraba de sonar. Pero la buena vecina que hay en mí, volvió.  Y te ordené que por favor fueras a abrir la puerta.
Entreabriste la puerta porque estabas desnudo, y sin aún llegar a verte la cara, la vecina casada de encima ya estaba quejándose de nuestros gemidos. Abriste totalmente, y le preguntaste que si necesitaba algo. -No, nada- dijo ella. Simplemente oía muchos ruidos y me preguntaba qué pasaba, o si necesitabais ayuda. -Sí claro, pasa...-
Redactado por;
Ainhoa elbesovertical y El hombre de la máscara.

 

 

 

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